He cumplido cincuenta y cinco años.
A esta edad, mi personaje histórico favorito, Paul Gaugin, moría en el Pácifico Sur, llevado de lepra y un corazón roto. Van Gogh ya llevaba más de diez años muertos- Modigliani solo llegó a la edad de treinta y cinco, y su amigo Utrillo le sobreviviría en una larga borrachera de más de veinte años, para preguntar por él, por Amedeo, a los setenta y un años, con los ojos claros de inocencia, como los de un niño-
Y como debe uno hacer a esta edad, me pregunto que he conseguido en la vida.
Me pregunto por qué dejé la casa de mis padres a los quince alos, por qué me embarqué en un pesquero a los diecisiete, para faenar en la pesca de cangrejos en el mar de Bering, por qué hubo de darse en mi vida la circusntancia de que un hombre quisiera matarme y casi lo lograse, en el helado norte de Alberta, de un tiro en el pecho. Por qué viajé por los trópicos buscando algo
que intuí siempre y no reconocí nunca.
He pintado más de tes mil cuadros, algunos muy buenos. He publicado dos libros de poesía en inglés, poesía siempre resentida con el tiempo, reacia al victimismo de estar vivo, y cercana a la angustia inefable de los ángeles.
He hecho bastante. He amado a tres mujeres que no me permití olvidar nunca, aunque ellas me olviden. He tenido un hijo a quien pude, finalmente, querer más que a mi vida.
Y ahora estoy solo y sin poder irme, debido a una condición médica, en una pequeña ciudad española, burguesa hasta la médula; ciudad cuya intencion es anestesiar el alma.
Pero no lo conseguirá.
Aquí, a los cincuenta y cinco años, puedo decirme a mi mismo que cuando un artista, un marinero, un trabajador de la construcción, o un fuera de la ley me ve pasar, puede decir, con todo orgullo: mirad, ese es uno de los nuestros. Como Joseph Conrad dijo de lord Jim-
Y es que, para saber cuales son las intenciones del hombre que es un guerrero en el alma, éste no precisa servir a un imperio.
Cuando la muerte, que me persiguió, cariñosa como un perro, por todo el amplio mundo, venga a buscarme, tendrá que hacerlo en un espacio reducido, en el que yo estoy ahora, el que yo he elegido: aquí, en mi cuarto. sobre el gram sillón azul oscuro. Y tendrá que ser educada conmigo. Acercarse gentilmente a mi lugar, como la nieve sedosa y fresca, como una llovizna lenta y calurosa sobre los parpados.
miércoles, 25 de mayo de 2011
lunes, 23 de mayo de 2011
vortex
El mundo, de repente,
se ha llenado de dolor.
Dolor de hueso calcinado,
despojado de amor.
Y tu voz amputada
se me acerca inutilemente.
Quiere engraciarse, volver
a entrar en mi. Y ya no puede.
He visto el odio mudo
que hay detrás de tu frente.
No sabes perdonar: incluso
tu compasión me hiere.
Todo en el mundo de repente
se entristece.
El viento ha vuelto su espalda
a quien padece.
La esperanza es un absurdo
que se desvanece.
Miren a donde miren los ojos,
la oscuridad los envuelve.
Amortajada en vida, la mirada.
Las manos, maniatadas, y la boca
atenazada.
Y yo
figura enmudecida que cuelga
de una nube, en una plaza
mientras la gente mira
sin saber de dónde procede nada,
ni la muerte
ni las lágrimas.
Por un horizonte de plomizas aguas
los barcos negros pasan.
El mar que no tienen nada
que ver con nadie, se abalanza
contra las rocas negras, ávido de suicidio.
No quiere estar: Lo mismo
desean mis púpilas ahítas
de nostalgia
por alegrías pasadas:
quedarse yertas a la sombra de los párpados
cerrados pora siempre, que descansan
de las mentiras y la rabia.
Quedarse
como una barca quebrada,
una barca que no sirve para nada,
desgüazada en el agua.
se ha llenado de dolor.
Dolor de hueso calcinado,
despojado de amor.
Y tu voz amputada
se me acerca inutilemente.
Quiere engraciarse, volver
a entrar en mi. Y ya no puede.
He visto el odio mudo
que hay detrás de tu frente.
No sabes perdonar: incluso
tu compasión me hiere.
Todo en el mundo de repente
se entristece.
El viento ha vuelto su espalda
a quien padece.
La esperanza es un absurdo
que se desvanece.
Miren a donde miren los ojos,
la oscuridad los envuelve.
Amortajada en vida, la mirada.
Las manos, maniatadas, y la boca
atenazada.
Y yo
figura enmudecida que cuelga
de una nube, en una plaza
mientras la gente mira
sin saber de dónde procede nada,
ni la muerte
ni las lágrimas.
Por un horizonte de plomizas aguas
los barcos negros pasan.
El mar que no tienen nada
que ver con nadie, se abalanza
contra las rocas negras, ávido de suicidio.
No quiere estar: Lo mismo
desean mis púpilas ahítas
de nostalgia
por alegrías pasadas:
quedarse yertas a la sombra de los párpados
cerrados pora siempre, que descansan
de las mentiras y la rabia.
Quedarse
como una barca quebrada,
una barca que no sirve para nada,
desgüazada en el agua.
EL VALLE
Cuando tengo algo de tiempo libre, salgo al campo, busco los caminos perdidos, los pueblos viejos. Soy un amante de la soledad y de los lugares viejos, y me gusta creer que a veces me acerco a la linea que separa a los vivos de los muertos.
hacve dos días he estado en Serín, un caserío entre Oviedo y Gijón. La estación es una reliquia, con gran alero de madera. En un banco resquebrajado junto al portón cerrado con un candado antiguo, ví a un hombre sentado, el ala del sombrero echada sobre el rostro. No le miré dos veces, pero me pareció que dormitaba.
Bajé por el camino, bordeado de alta maleza y hierba que el viento peinaba, dando al verde claro reflejos plateados, como de agua. aquel lugar, solitario, lleno de sol y viento, parecía irreal, quizá el recuerdo de otro lugar. Los númerosos árboles susurraban como un mar distante. El silencio sideral zumbaba sobre aquellos valles frondosos. Se setía el girar del planeta. Puede que hubeira muertos bajo la tierra, pero parecía un paraje soñado y suspendido del cielo.
Una figura se me acercó por el camino. Alguien de la comarca que, aunque vestido con su traje de doimingo, tenía toda la apariencia de campesino. Alzó la mano en un saludo, que le devolví. seguí andando y pronto me olvidé de él.
Después de una hora o así de paseo, decidí volver a la estación y tomar el tren de vuelta a Oviedo. Me sorprendió que hubiera una ambulancia frente al edificio. Los paramédicos iontroducían un cuerpo en el vehículo, sobre una camilla. Les dije, al ver la cara del paciente, que parecía dormido:
- Acabo de encontrarme con este hombre ahí abajo, en el sendero...
-Pues ya es raro- contestó una de ellos, con cierta ironía- porque lleva sentado en ese banco, muerto de un ataque al corazón, más de una hora.
-Ah- respondí- Eso quiere decir que mientras ustedes llegaban a por él, su espiritu decidió dar un paseo.
Miré hacia el valle. Seguro que estaba lleno de fantasmas.
hacve dos días he estado en Serín, un caserío entre Oviedo y Gijón. La estación es una reliquia, con gran alero de madera. En un banco resquebrajado junto al portón cerrado con un candado antiguo, ví a un hombre sentado, el ala del sombrero echada sobre el rostro. No le miré dos veces, pero me pareció que dormitaba.
Bajé por el camino, bordeado de alta maleza y hierba que el viento peinaba, dando al verde claro reflejos plateados, como de agua. aquel lugar, solitario, lleno de sol y viento, parecía irreal, quizá el recuerdo de otro lugar. Los númerosos árboles susurraban como un mar distante. El silencio sideral zumbaba sobre aquellos valles frondosos. Se setía el girar del planeta. Puede que hubeira muertos bajo la tierra, pero parecía un paraje soñado y suspendido del cielo.
Una figura se me acercó por el camino. Alguien de la comarca que, aunque vestido con su traje de doimingo, tenía toda la apariencia de campesino. Alzó la mano en un saludo, que le devolví. seguí andando y pronto me olvidé de él.
Después de una hora o así de paseo, decidí volver a la estación y tomar el tren de vuelta a Oviedo. Me sorprendió que hubiera una ambulancia frente al edificio. Los paramédicos iontroducían un cuerpo en el vehículo, sobre una camilla. Les dije, al ver la cara del paciente, que parecía dormido:
- Acabo de encontrarme con este hombre ahí abajo, en el sendero...
-Pues ya es raro- contestó una de ellos, con cierta ironía- porque lleva sentado en ese banco, muerto de un ataque al corazón, más de una hora.
-Ah- respondí- Eso quiere decir que mientras ustedes llegaban a por él, su espiritu decidió dar un paseo.
Miré hacia el valle. Seguro que estaba lleno de fantasmas.
sábado, 21 de mayo de 2011
DE NUEVO, TÚ.
Luego
tu rostro lo vela una nieve de luna.
Disfrazo el secreto de tu presencia.
Que no sepa nadie como los ríos turbios
repiten la falta de tí,
que la tierra está empapada
de tu lejanía.
Yo te guardo donde nadie
puede mirar, de puro remoto y profundo.
Un día saldrás por mis ojos,
sorprendente y terrorífica,
convertida en mi mismo.
Luego
tu perfil desaparece
detrás de la calina de los esfumados estíos:
tu boca, desvaída como el rojo
de una flor muerta,
tu lívida mirada
como el azul de unos ojos recordados.
Estás. No estás. Que yo no sé si vivo
o ya no,lo corrobora el hecho
de que el viento pueda ulular
por el hueco de mi corazón
como por un desierto
o una cueva en la roca.
tu rostro lo vela una nieve de luna.
Disfrazo el secreto de tu presencia.
Que no sepa nadie como los ríos turbios
repiten la falta de tí,
que la tierra está empapada
de tu lejanía.
Yo te guardo donde nadie
puede mirar, de puro remoto y profundo.
Un día saldrás por mis ojos,
sorprendente y terrorífica,
convertida en mi mismo.
Luego
tu perfil desaparece
detrás de la calina de los esfumados estíos:
tu boca, desvaída como el rojo
de una flor muerta,
tu lívida mirada
como el azul de unos ojos recordados.
Estás. No estás. Que yo no sé si vivo
o ya no,lo corrobora el hecho
de que el viento pueda ulular
por el hueco de mi corazón
como por un desierto
o una cueva en la roca.
viernes, 15 de abril de 2011
Cosa de hombres
A los diecisiete años, dejé la casa de mis padres. En Montreal, un verano inmemorial, me emborrraché durante tres días. La noche del tercer día me eché a dormir sobre las piedras de los muelles del gran San Lorenzo. La noche rutilaba de luces que se reflejaban en las aguas negras. Durante el inquieto sueño se me ajuntó un perro vagabundo. Un malamute blanco y grande a quien llamé Wolfgang. Al alba hablé con el capitán de un pesquero que salía para los grandes bancos de atún y fletán de Terranova. Era un hombre con barba y piel curtida que había nacido en la Columbia Británica. No le importó que no tuviera yo experiencia. Necesitaba un ayudante de cocinero. Iban a estar casi dos semanas en altamar. Me enseñarían a lavar los peces y a destriparlos. Más tarde iríamos al mar de Bering a la pesca de centollos, y aquello sí reqeriría experiencia y coraje. Wolfang podía venir a bordo. El barco se llamaba Helecho, y estaba pintado de verde. Llevó cerca de un día navegar el delta del San Lorenzo hasta salir a mar abierto. Al malemute le encantaba el viento del mar, fresco, que le llenaba la pelambre de sal y le ensanchaba los pulmones. Parecía reir todo el tiempo, aquel perro inolvidable. Ya en la mar, las olas eran azules y blancas, de cinco metros de altura. No había esa calma gris que entristece y aploma, sino movimiento, una especie de inmensa alegría elemental. Yo sacaba la cabeza fuera de borda para que la espuma me salpicara el rostro. Que bonito es el goteo frío del mar sobre la piel de la cara y las manos. Pensaba, a veces, en mis padres, que estaban tan lejos. Pero ahora mi unico familiar era Wolfgang, con su bonita pelambre de nieve. A los cuatro días echabamos las enormes redes. A veces, con aquellas redes, se pescaba algo inesperado entre los fletanes o los atunes. Una vez, decía el capitán, habían sacado un cadáver. Luego resultó que era el cuerpo de un marino japonés:Las mareas lo habían llevado al mar del norte y estaba medio triturado por los tiburones. El capitán y yo hicimos buenas migas. Una vez vino y me dijo que yo era muy guapo y me puso la mano sobre el muslo. Creo que era un tipo sensual y la falta de mujeres a bordo le volvía raro. Le aparté la manaza de una bofetada y el se conformó, y no pasó nada. Comprendió que a mi no me iban los hombres en aquel sentido. Luego bebimos juntos muchas veces. El se ponía a cantar baladas de mar escocesas, y a putear contra los chinos, que no le gustabam. Podía ser aburrido El rancho era siempre igual, patatas con pescado frito o cocido, y tambien alubias de lata con espinacas congeladas. el barco había sido fumigado de ratas antes de salir de puerto. Una noche, despues de celebrar una enorme redada de atún, lo que suponía muchos dólares en el mercado de Halifax o St.John de Terranova, yo dormía en mi camerino despues de haber bebido mucho. A altas horas de la mañana me despertó una sensación pegajosa en el rostro, y un aliento a whisky. Era el capitán. Se había deslizado en mi camastro y me estaba lamiendo el rostro como un perro. Le tuve que empujar y se cayó del camastro, con un golpe seco contra el suelo de metal. Tenía los ojos rojos como el demonio, y echaba espumarajos por la boca. Yo lo veía a la luz de un quinqué que siempre encendía para no dormir a oscuras. Al perro le ponía nervioso la oscuridad de alta mar. -Te voy a matar, hijoeputa- gruñó aquel pervertido. Lo hubiera hecho. era muy fuerte y había sacado una de esas navajas farrucas que se compraban en los puertos españoles y que lutilizaban antaño los zingaros para luchar. Los muelles de la navaja al abrirrla hacían un ruido de miedo. La hoja podía abrite en canal, de larga que era, y dejarte con las tripas colgando, Me lanzó unos navajazos que se perdieron en el aire, y de pronto el malamute se le echó encima y le mordió la muñeca de tal forma que la mano de la navaja se le separó del brazo. Entonces yo supe por qué el malamute había venido a mi encuentro aquella noche. Era cosa del destino. El cocinero chino le hizo un torniquete al jefe, que una vez pasada su borrachera me miraba consternado. El chino le decía, mientras le paraba la hemorragía: -Eso pasal a uté pol tlael gente joven a boldo. Uste é un buen homble, pelo volvelse malicón cuando sale de pesca. Tuvimos que volver a tierra firme con antelación, para que el capitán fuese atendido por los médicos. En Halifax, unos días despuen, nos encontramos todos en el Cachelote, una taverna local. El malamute estaba muy contento. El capitán había perdido una mano, pero bebía con la otra, y decía, riendose: -Ahora puedo ponerme un gancho, eh! Como un puñetero pirata de leyenda. Eh! Soy el capitán Garfpio. Aquí me tienen. Era un hombre simpatico.
miércoles, 13 de abril de 2011
El sobre
El sobre azul
Me senté en el sofá y abrí el sobre con unas tijeras.
De toda la correspondencia de aquel día, lo abrí primero, pues era un sobre raro: azul, con nada escrito sobre él. Intimo y lejano, por su color y la ausencia de palabras.
Los demás sobres eran, como de costumbre, cartas del banco, facturas, las pequeñas irritaciones cotidianas.
Mi mujer, desde la salita, preguntó: "¿ Algo interesante?"
-No - mentí- las nimiedades de siempre.
Pero a partir de entonces me inundó la tristeza , la nostalgia.
Había reconocido, brotando del sobre como el aliento dulce del fantasma de alguien querido y perdido para siempre, aquel aroma suyo, aquel perfume de oceano mar de lavándula que sirgía de su piel, de su cabello.
Me senté en el sofá y abrí el sobre con unas tijeras.
De toda la correspondencia de aquel día, lo abrí primero, pues era un sobre raro: azul, con nada escrito sobre él. Intimo y lejano, por su color y la ausencia de palabras.
Los demás sobres eran, como de costumbre, cartas del banco, facturas, las pequeñas irritaciones cotidianas.
Mi mujer, desde la salita, preguntó: "¿ Algo interesante?"
-No - mentí- las nimiedades de siempre.
Pero a partir de entonces me inundó la tristeza , la nostalgia.
Había reconocido, brotando del sobre como el aliento dulce del fantasma de alguien querido y perdido para siempre, aquel aroma suyo, aquel perfume de oceano mar de lavándula que sirgía de su piel, de su cabello.
martes, 12 de abril de 2011
CACATUA
La tierra seca ondulaba, al parecer, hacia el infinito. A lo lejos se veían columnas de humo, que en el aire caliente parecían temblar iluminadas como la superficie de un rio en la canícula. La mujer, sensual, con el ala ancha del sombrero sobre los ojos azules, se llevó a la boca el vaso de frío vino blanco, y bebió. Luego dió una chupadita al cigarrillo y, con tono cansado, dijo: - Están quemando la maleza para que las cacatúas puedan encontrar el grano y subsistir. El hombre sonrió. - Les importan mucho las cacatúas, aquí, ¿no es cierto? - Bueno- dijo ella- son las aves de esta tierra. La realidad es que son bonitas, aunque traviesas. Se pierden miles de dolares al año en grano y fruta. Lo pájaros son como los niños. Lo desperdician todo. Nunca se comen nada entero, solo lo pican un poco, y luego a otra fruta. Y lo único que se puede hacer es tratar de ahuyentarlos a tiros. Sin embargo, son preciosas esas aves, con sus colores vibrantes, y hasta simpaticas. Por ejemplo, la cacatúa de alas blancas hace cabriolas sobre los tendidos eléctricos cuando alguien pasa, como un payaso. Y las cacatúas de ala roja, de pelambre negra y las más antiguas del mundo, con sus crestas de guerrero, viven noventa años y se emparejan con un único individuo para toda la vida, como nosotros los humanos. -Debe ser que esa especie en particular tiene alma, como nosotros. -Quizá, querido. Lo que no cabe duda es que sienten celos.-puntualizó la mujer.- Se han observado casos en que una cacatúa de ala roja fué muerta por su pareja en un arraque de celos. Es costumbre entre esas aves en particular construir varios nidos, a cual más lujoso. Las hembras se emparejan con aquellos machos que parecen lo suficientemente fuertes para construirles varios nidos decentes. Y si se sienten traicionadas, si el macho se empareja con otra a hurtadillas, o no les hace un nido bonito, pueden volverse peligrosas. - Quizá, como las cacatúas de ala negra, las mujeres australianas seais más peligrosas que las demás. - ¿Por qué lo dices?- preguntó la mujer, mirando al hombre de forma demasiado intensa para la pregunta que le hacía, como si quisiera descubrir en él el progreso de algo todavía no evidente, la primera señal exterior de un enfermedad oculta. El calor era apabullante. A lo lejos, ahora, se veían llamas alzandose entre las columnas de humo. El hombre pensó que era demasiado hacer para ayudar a sobrevivir a una multitud de pajarracos que, al final , se comerían la cosecha y causarían el caos en los campos de cacahuetes y en los viñedos. -Me estás diciendo que las cacatúas matan por amor o despecho, como nosotros- dijo el hombre, llevandose a la boca la copa de daiquiri, fresca como la espuma de una catarata impoluta. El zumo de limón helado le proporcionaba, con aquelklos calores, cierta forma de extasis. Todo lo que le había contado la mujer acerca de las catatúas le daba ganas de buscarlas con una escopeta y liquidar algunas. ¿Qué hacían unos pájaros experimentando celos y hasta vengandose de sus parejas cuando se sentían engañadas? Aquello era un ultraje. significaba que la falta de libertad, la opresión, la posesividad, no eran aberrantes invenciones humanas, sino reglas, imposiciones de la naturaleza para con ciertas especies desafortunadas, como las cacatúas y los seres humanos. El sol austral, que daba al paisaje un tono como de corteza de pan bien tostado, sacaba chispas a los rizos rubios de la mujer. Chispas de luz preciosas, enjoyadas. Y ella era hermosísima. Su rostro, risueños, el rostro vivaracho y dulce de la mujer blanca, con sus ojos de color lapislázuli. ¿Qué había llevado al hombre a engañarla con aquella aborigen negra como la noche? Pero no se negaba a sí mismo que en los brazos largos y oscuros de la muchacha nativa había encontrado algo extraordinario: la libertad. Había sido como sumergirse en un río relajante y fresco, que nada le pedía a cambio y solo le daba placer. Aquella mujer de piel tersa y negra no era como las cacatúas. No se emparejaba con quien era apto para construirle un nido. Ni siquiera requería permanencia. Todo fluía, como aquel famoso Tiempo-Sueño que era el centro de las creencias de los aborigenes australianos. Entonces, el hombre sintió el primer pinchazo en el plexus, como si le hubiera traspasado una fría y afilada cuchilla. Y los supo: estaba envenenado. Su visión se empañaba, como si el humo de las lejanas hogueras le entrase en los ojos. Miró hacia la mujer. Se sentía enfermo. Por eso entonces creyó ver que de pronto ella se volvía para sonreirle de manera más bien siniestra. Pero ya no veía la cabeza rubia de su esposa, sino la de una cacatúa de amplia cresta negra, que le miraba con cierto desprecio.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
